Parece una decisión adecuada que una empresa se financie con lo que en otros países del mundo se denomina other people's money. A primera vista lo es, pero, como prácticamente todo en la vida, es imperioso no caer en el exceso.
El concepto de financiamiento para las empresas se concentra en dos grandes bloques: la emisión de capital o la contratación de deuda. A la combinación que una empresa hace de estos dos bloques se le llama estructura de capital.
Por un lado, las empresas pueden financiarse mediante el capital que los mismos socios inyectan a la empresa, ya sea mediante la reinversión de utilidades o a través de la aportación directa de recursos.
Por el otro, la empresa se financia mediante deuda que se puede contratar con diversos acreedores: proveedores, bancos, arrendadores y, en casos extremos y de angustia abulta, hasta con prestamistas independientes no regulados.
Es comprensible que las Pymes intenten que las aportaciones adicionales de capital sean la última opción de financiamiento, sólo después de que los flujos del negocio no alcancen y de que se hayan agotado todas las instancias para endeudar a la compañía.
Aunque comprensible, esta concepción es errada. Más aún ahora que las empresas pagan impuestos con base en el flujo más que en las utilidades (LIETU 2008). Antes del Impuesto Empresarial a Tasa Única (IETU), el costo del financiamiento (intereses pagados) disminuía la base gravable, lo que ahora ya no sucede.
En este sentido, las empresas deben endeudarse tan poco como les sea posible para mantener su rentabilidad, ya que el costo del financiamiento afecta directamente a la rentabilidad. Por su parte, el endeudamiento adicional incrementa la posición de riesgo de una empresa (Brealey, 1999).
Sin embargo, el financiamiento a través de deuda es, y seguirá siendo, un recurso muy importante para hacerse del capital necesario para reforzar la empresa. Eso sí, y sólo sí, los socios no cuentan con los recursos suficientes para hacer las aportaciones necesarias al capital.
Por otra parte, el endeudamiento formal siempre estará limitado a la capacidad de pago del acreditado. Con la crisis actual de cartera vencida, y la regulación impuesta a la banca para acotar los riesgos de crédito, las instituciones de crédito revisan concienzudamente la capacidad que tiene un cliente para hacer frente a sus obligaciones financieras.
Una estructura de capital se considera sana dependiendo de la industria. Hay industrias que requieren operar con mayores niveles de deuda que otras, pero en términos comparables entre empresas de una misma industria, una visión más conservadora es que una empresa será más sana en tanto se minimicen las obligaciones con acreedores.
Una visión más activa es buscar maximizar el valor de la empresa y el rendimiento de los accionistas a través del apalancamiento. Ambas cosas pueden hacerse al mismo tiempo. Un enfoque del valor de la empresa es que dicho valor representa la suma del pasivo y el capital, por lo que si se incrementa el pasivo a una razón mayor de la que se reduce el capital, el valor de la empresa puede incrementar al tiempo que se pagan dividendos extras a los accionistas (Ross, 2005). Esto, según Brealey (1996), dejaría a la empresa en una posición de riesgo mayor.
No obstante, existen estructuras de financiamiento que permiten a una empresa hacerse de recursos líquidos sin comprometer su estructura de capital. Se pueden hacer ventas directas de activos no utilizados o de baja rentabilidad, o también se pueden utilizar los mismos activos para garantizar emisiones de títulos de deuda.
Es esta última estructura la que resulta interesante: utilizar activos como cuentas por cobrar para que, cediéndolos a un fideicomiso, garanticen por sí mismos el pago de una emisión de títulos.
De esta forma una empresa se puede financiar sin la necesidad de adquirir obligaciones. Sólo modifica partidas dentro del mismo activo: efectivo versus cuentas por cobrar. A esta estructura se le llama de varias formas: titulación, monetización o bursatilización.
Posteriormente, la empresa puede utilizar esos recursos para generar nuevas cuentas por cobrar que, eventualmente, sean cedidas en garantía para el pago de la emisión de nuevos títulos.
Derivado de lo anterior, se acusa necesario que el gobierno federal, a través de su banca de desarrollo, idee mecanismos para apoyar a las Pymes mediante estas estructuras. Un programa de apoyo para que las Pymes puedan monetizar cartera, les dotaría de los recursos necesarios para crecer, sin comprometer su estructura de capital.
De esta forma, es posible crear un modelo de financiamiento sostenible que, acotado en términos de Luis Manuel Guerra respecto de la sostenibilidad, permita el desarrollo de las Pymes satisfaciendo sus necesidades sin comprometer a las Pymes del futuro (Guerra, 2009). Con esto, sería posible apoyar permanentemente a las empresas que cuenten con una gestión interna sana e índices de crecimiento prometedores.
Es necesario que adoptemos una posición reflexiva enfocada a la supervivencia de las Pymes. Sólo con esa seguridad, estarán obligadas por la necesidad de mantener una reputación positiva (Escalera 2009).
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